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Sunday, July 15, 2012

La madre de los Zebedeo (Mt 20,20-23), por Julio González, S.F.

Mateo 20:20-23

20 Entonces se le acercó la madre de los hijos de Zebedeo con sus hijos, y se postró como para pedirle algo. 21 Él le dijo: «¿Qué quieres?» Dícele ella: «Manda que estos dos hijos míos se sienten, uno a tu derecha y otro a tu izquierda, en tu Reino.» 22 Replicó Jesús: «No sabéis lo que pedís. ¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?» Dícenle: «Sí, podemos.» 23 Díceles: «Mi copa, sí la beberéis; pero sentarse a mi derecha o mi izquierda no es cosa mía el concederlo, sino que es para quienes está preparado por mi Padre.»

El evangelio de Jesús es generoso en sorpresas: padres que se comportan como madres, y madres que se comportan como padres.

Padres que se comportan como madres

En una sociedad patriarcal, el comportamiento del padre del hijo prodigo es una sorpresa para todos. El hijo menor había menospreciado a su familia (el hermano mayor lo sabe muy bien), y el padre debía "poner las cosas en su sitio". Sin embargo, este padre no actúa en ningún momento como "el cabeza de familia": ni cuando le da a su hijo lo que pide, ni tampoco cuando el hijo vuelve a casa "porque hasta los esclavos de mi padre viven en mejores condiciones que yo".

La ternura de este hombre escandaliza hasta al padre "más justo". "El modo de comportarse de este padre no es justo", dirían los padres de la época de Jesús: "Va en contra de los derechos del hermano mayor y pone en peligro el bienestar de toda la familia".

Las madres tienden a juzgar los errores de sus hijos de otra manera porque son carne de su carne... Por eso, los padres sabían que cuando castigaban a un hijo también castigaban a su madre. Los éxitos de los hijos eran los exitos del padre ("mi hijo trae honra a esta casa"), pero los errores de los hijos son los errores de la madre ("ese hijo tuyo...").

Madres que se comportan como padres

Hoy vemos el caso contrario: ¡una madre que se comporta como un padre! Cuando la madre de los Zebedeo, los apóstoles Santiago y Juan, pide "honores y privilegios" para sus hijos, esta madre ha cambiado su rol.

La mujer se pone en evidencia delante de Jesús y los otros discípulos, y también pone en evidencia a sus hijos, Santiago y Juan. No solamente por lo que pide sino porque no es ella a quien le toca pedirlo.

Hoy solemos leer este episodio como una indicación de que esta mujer no ha entendido todavía el mesianismo de Jesus, pero para los primeros seguidores de Jesus la sorpresa inicial no estaba en lo que esta madre pedía sino en su atrevimiento para presentarse ante Jesús con unas prerrogativas propias del padre, no de la madre.


El evangelio de la familia

Esta crisis de roles en el evangelio de Jesus no es una coincidencia. Jesús habla de la familia porque ella es la primera escuela, el primer taller, la primera iglesia de todos nosotros. Nuestra salud (física, emocional, espiritual) está condicionada por los valores y las vivencias que compartimos en familia. Por eso, la llamada de Jesús a la conversión, al perdón, a la reconciliación, va dirigida en primer lugar a cada uno de nosotros y, en nosotros, a nuestras familias.

El mensaje de Jesús a la familia fue una "provocación" en su tiempo y también es un reto para las familias de hoy. Esta "conversión" en los roles de padre y madre no es presentada en los evangelios como un modelo a seguir sino para hacernos "despertar" ("vigilad, estad alerta") de la normalidad en que creemos vivir.

En realidad, Jesús apunta mucho más allá de nuestros roles y prerrogativas. A través del cuestionamiento de las seguridades y privilegios de los miembros de una familia, Jesús cuestiona toda una mentalidad y manera de vivir.

Saturday, July 14, 2012

LA FAMILIA EN TIEMPOS DE JESÚS, por Julio González, S.F.

La familia, en tiempos de Jesús, se parece poco a la familia de hoy. Las familias solían ser muy numerosas y la autoridad del cabeza de familia era mucho más fuerte y decisiva que la autoridad que los padres puedan ejercer hoy.

Una familia numerosa en tiempos de Jesús podía ser temida y respetada al mismo tiempo. La influencia de una familia numerosa se hacía notar en su entorno. Tener muchos hermanos, hijos, primos, sobrinos... era no solamente garantía de influencia y poder sino también una señal inequívoca de que Dios bendecía a esa familia.

No es extraño que a veces el cabeza de familia tomara decisiones con respecto a sus hijos e hijas ponderando principalmente el honor y el beneficio que ensalzaría su nombre y el de toda su familia. Esto es evidente tanto en las responsabilidades y trabajos que encomendaba a los hijos como el modo como se planeaba el matrimonio de éstos. El cabeza de familia decidía cuándo y con quién se casaban. En el contrato entraba en juego el honor de todos los miembros de la familia.

El "problema" de este tipo de familia es que su preocupación principal consiste en proteger su honor y su bienestar, a veces a costa de demonizar otras culturas y tradiciones. Que un hijo/a del pueblo de Dios entrara en el circulo familiar de una familia pagana podía considerarse una traición. Los "buenos" hijos/as continuaban y aseguraban el modo de vida que habían recibido de sus padres. El cabeza de familia podía expulsar o, incluso, poner fin a la vida de un miembro cuyo comportamiento traía el deshonor a la familia. La sociedad también velaba por el orden social con leyes que protegían a una familia de lo extranjero y diferente.

El mensaje de Jesús choca frontalmente contra este tipo de familia. Tal vez Jesús no lo experimente así, pero él entiende que su mensaje puede ocasionar la división de la familia (hijos contra padres, hermanos contra hermanos, nueras contra suegras, etc.). Lo que está claro es que, en algún momento, su propia familia sintió la desgracia y la vergüenza de ver que Jesús seguía un camino diferente al que se supone que debía seguir.

Es interesante notar que en ese momento de sorpresa e incertidumbre dentro de la familia de Jesús, el evangelio se esfuerza en hacernos ver que no está hablando de la "Sagrada Familia, Jesús, Maria y Jose", sino de esa familia numerosa (un clan) más preocupada por su honor que por el plan de Dios.

Tuesday, July 10, 2012

Nazaret, vino de salvación, por María Dolors Gaja, M.N.
















A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos textos preciosos en los que se nos dice que Israel es la Viña del Señor. Los profetas se sirven de la imagen para echar en cara al pueblo de Dios haber defraudado a su Señor. Isaias entona un terrible lamento:

“Mi amigo tenía una viña en una fértil colina.
La cavó, la despedregó, plantó cepas selectas,
levantó en medio una torre y excavó también un lagar.
Esperaba que diera uvas pero dio agrazones”
(Is 5,1-2)

La antigua viña, el viñedo amado y cuidado por Yavhé ha resultado su gran decepción. El vino que le ofrecían los israelitas en sus libaciones cultuales (Gn 35,14) ha resultado vino aguado cuando estaba llamado a ser vino selecto ( Is 1,22).

Por eso Dios buscó odres nuevos que contuvieran el vino nuevo que estaba por llegar. Porque Dios es aquel que nunca se rinde y que en su segundo intento siempre logra el nuevo y definitivo fruto.

María será el viñedo, la parra fecunda que, plantada en la tierra de José, tierra de Dios, dará al mundo el vino que éste necesita.

La Sagrada Familia es la Nueva Viña, la cepa selecta que responde a los cuidados amorosos del Padre, el amo de la Viña. José y María serán torre y lagar de un nuevo cántico, de una nueva historia que forja la personalidad humana de Jesús, Vino de Salvación y Redención.

Dice un místico sufí que “las religiones son la copa donde se escancia el vino de la divinidad”. Dios se escanció, se derramó en libación en Nazaret. Es Él quien se ofrece para que la humanidad sea un banquete de fiesta. María y José son copa preciosa que recibe la mejor cosecha del Padre.

Ciertamente, cuando uno bebe un buen vino pocas veces repara en la copa que lo contiene. Del mismo modo, a lo largo de los siglos, poco hemos reparado en José y María como familia que contiene al mismo Dios. Siguiendo el símil de la copa María sería la parte superior de ésta: ella recibe y da forma – gesta- al Vino de Dios, ella lo retiene y permite así que la humanidad beba.

José, en cambio, es el pie de la copa pues él da a María la estabilidad necesaria para formar el hogar que el Vino de la Nueva Alianza precisa. Por otra parte, solemos coger la copa por su pie y José, con su larga genealogía, enraiza a Jesús en la humanidad, una humanidad que sostiene la copa y, aunque sus ojos vayan directamente al vino e incluso a la parte superior de la copa, sabe que Jesús es uno de los nuestros, nacido de mujer en una familia con antepasados ilustres y antepasados ignominiosos.

Desde que Dios vino al mundo en la viña de Nazaret, la fiesta se celebra y estamos a ella invitados. No nos cansaremos de decir que la espiritualidad de Nazaret no es una “devoción” más sino algo consustancial a nuestra fe. Podemos saberlo o no, sentirlo o no pero lo cierto es que en medio de tanto dolor y tanta injusticia ya está puesta la mesa del banquete y la copa rebosa. Sólo en la medida en que bebamos el Vino de Salvación el mundo será reparado.

Porque el vino se usa también para sanar heridas. Así nos lo narra la parábola del buen samaritano (Lc10,34). Los santos Padres han visto en ese hombre que baja de Jerusalén y es malherido a la humanidad, representada en Adán, que baja del Paraíso y es profundamente dañada. Jesús, cual buen samaritano se acerca a nosotros para sanar nuestras heridas con vino, con Él mismo. Y nos lleva a la posada, que es la Iglesia, donde le aguardamos hasta que vuelva. Los denarios administrados para nuestra sanación son los sacramentos que la Iglesia administra.

Jesús habló con frecuencia del vino. Tiene numerosas parábolas sobre viñas y viñadores e incluso recrea el texto de Isaias. De hecho su primer signo fue convertr el agua en vino bajo la solícita presencia de María. Muchas veces he oído comentar este milagro como signo de la gratuidad de Dios porque, para algunos, es un milagro casi “innecesario”. Parece que no tiene el mismo rango que curar a un ciego o a un paralítico. Dios es así, dicen algunos, sencillamente no quería que una pareja quedara mal en la fiesta de su boda. Es pues, un “detalle” de Jesús.

Creo que no. Me parece uno de los milagros clave o, quizá, el milagro clave. Por algo Juan, el Águila, lo pone en el frontispicio de la vida de Jesús. La presencia de Jesús convierte el agua de la humanidad en vino de divinidad. Ese es el milagro. La Alianza, la boda entre un agua que al entrar en contacto con el Vino no consigue aguarlo sino que, al contrario, se diviniza, es convertida en vino.

Cuando Jesús se sentó a la mesa en la última cena tomó una copa de vino. Y la convirtió en emblema de la Nueva Alianza. Como nuevo Melquisedec (Gn 14,18) ofreció pan y vino y creó un nuevo pueblo, una nueva familia que bebe el cáliz de Salvación cada domingo. Jesús moriría fuera de la Viña (Mt 21,39) después de probar vino y hiel y rechazarlo (Mt 27,34) porque ya el Antiguo Testamento había caducado. Y según sus palabras el Reino del Padre será un banquete en el que beberemos todos un vino nuevo que Él también espera beber.

Mientras llega ese día, acerquémonos a Nazaret para permanecer en Él, que es la Vid verdadera. Porque sin Él nada podemos (Jn 15, 1-8).