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Monday, March 9, 2015

Los padres de Santa Teresita serán canonizados en el Sínodo de octubre (2015): primera ceremonia conjunta




El cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, ha informado recientemente que los padres de santa Teresita del Niño Jesús, Louis y Zélie Martin, serán canonizados en el mes de octubre, coincidiendo con el Sínodo de la Familia que tendrá lugar en esas fechas en el Vaticano.


“Gracias a Dios en octubre se canonizarán a dos cónyuges, los padres de santa Teresa de Lisieux”, ha señalado el purpurado salesiano en un reciente encuentro organizado por la Libreria Editrice Vaticana (LEV) para hablar sobre el tema “¿Para qué sirven los santos?”, subrayando la importancia de la santidad en la familia.

“Los santos no solo son los sacerdotes y las religiosas, sino también los laicos”, ha indicado el cardenal Amato refiriéndose a este ejemplar matrimonio francés.

Casados en 1858, el matrimonio tuvo nueve hijos, de los cuales cinco siguieron la vida religiosa.

Las 218 cartas que se conservan de Zélie, de 1863 hasta su muerte en 1877, registran el ritmo de la vida con la guerra de 1870, las crisis económicas, los nacimientos y los fallecimientos de sus cuatro bebés.

Misa diaria a las cinco y media de la mañana, ángelus y vísperas, descanso los domingos, ayunos en Cuaresma y Adviento... pero también bromas y juegos, a Louis le gustaba pescar y jugar al billar.

Invitaban a personas pobres a comer en su casa y visitaban a los ancianos. También enseñaron a sus hijas a tratar a los más desfavorecidos como iguales.

Zélie murió de un dolorosísimo cáncer a los 46 años. Louis quedó con cinco hijas pequeñas: Marie, Pauline, Léonie, Céline y Teresita, que sólo tenía cuatro años y medio pero siempre recordaría a su madre como una santa. Louis murió en 1894 después de padecer una grave enfermedad mental.

Ambos fueron beatificados el 19 de octubre de 2008 por Benedicto XVI y su canonización sería la primera conjunta de un matrimonio. Muchos han propuesto su vida de santidad cotidiana como un modelo para esta época.

Louis y Zélie Martin son los padres santa Teresita del Niño Jesús, patrona de las misiones y una de las santas más queridas por el papa Francisco, proclamada doctora de la Iglesia por Juan Pablo II en 1997.

Fuente: religionenlibertad.com


Vídeo preparado antes de la beatificación
de los esposos (19 de octubre, 2008)

Tuesday, July 10, 2012

Carlos de Foucauld en la espiritualidad de Nazaret, por José L. Vázquez Borau


La espiritualidad nazarena nos invita a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones comunes de la vida como Él, que vivió plenamente la relación filial con el Padre, viviendo en el seno de una familia, ejerciendo un oficio, morando en una aldea y caminando por las veredas de Palestina.

La espiritualidad de Nazaret es una llamada a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones más ordinarias de la vida, a ejemplo del mismo Jesús, que no se evadió de la servidumbre de las relaciones humanas...

Esta espiritualidad de Nazaret se puede vivir en cualquier situación, en la vida religiosa y en la vida de familia, en el sacerdocio y en el laicado, solo o haciendo vida en común. No es una espiritualidad del desierto ni eremítica. Es, por el contrario, una espiritualidad de relación.

"El misterio de Nazaret manifiesta, más que ningún otro, la total integridad y verdad de la naturaleza humana de Jesús. Este misterio supone que Jesús apareció entre los suyos, hombre como los demás, sin manifestar en nada, durante los años de su juventud, su cualidad de Mesías. La vida de Nazaret es en resumidas cuentas el misterio de una ausencia de misterio en la vida humana y social de Jesús". (René Voillaume, citado por José Luis Vazquez Borau en "Carlos de Foucauld, y la espiritualidad de Nazaret)

Vivir la espiritualidad de Nazaret, vivir en comunión con la Iglesia, quiere decir ser fermento en la mesa. En palabras del obispo Pedro Casaldaliga significa: "optar por una cultura de la solidaridad y optar por los empobrecidos y sus causas; potenciar el ecumenismo; asumir los desafíos de la modernidad y contribuir con la especificidad del cristianismo a humanizar; apostar por la democratización de la vida y también de la Iglesia" (Vida Nueva, n. 1193 (Madrid 1994)

Pero, además, hemos de trabajar para que la Iglesia vuelva a Nazaret. Es esencial recordar que Jesús de Nazaret no estableció una religión más, sino que nos ofreció vivir una relación con Él.

Nazaret no es un período superado por la vida pública de Jesús. Es la buena noticia del Dios hecho hombre. Dicho de otro modo, la predicación del Reino sólo se puede entender en el contexto de Nazaret: Las Bienaventuranzas y el Mandamiento del Amor constituyen el programa de Nazaret.

La Iglesia debe volver a Nazaret si quiere la alegría de Dios cercano. Nazaret es la raíz de la Fraternidad en la Iglesia y en el Mundo, desmoronando toda organización de verticalidad y sometimiento. Decir Nazaret es decir Iglesia hecha con el Pueblo y para el Pueblo.

Decir Nazaret equivale a dar valor a lo cotidiano, a lo pequeño, a lo simple. Significa saber descubrir el valor redentor de una vida sencilla de personas del pueblo, con sus penas, trabajos y alegrías sencillas.

Jesús de Nazaret vivió como un hombre trabajador de su pueblo la mayor parte de su vida, y, después, en el desierto o durante su vida pública, no dejó de ser nunca un pobre del pueblo de Yahvé, como su familia y amigos. Ser contemplativos en lo cotidiano y normal de la vida, para realizar la Voluntad de Dios.


CHARLES DE FOUCOULD, tiene siete puntos acerca de la "IMITACIÓN DE NUESTRO MUY AMADO SEÑOR JESÚS.

En el Séptimo, escribe de la ·EVANGELIZACIÓN LIBERADORA DE Nazaret, Y DICE:

"Quien desee vivir según la espiritualidad de Nazaret tendrá que ser consciente de que ésta es la base de se existencia, ya esté en el desierto o en la misión apostólica. Es decir, no puede haber apostolado sin Nazaret ni desierto sin Nazaret, ni Nazaret sin desierto y apostolado".

Y recurre a los Evangelios para ver qué nos enseñan del modo de actuar de Dios, para que estos cuatro modelos que vamos a ,meditar inspiren nuestros pasos y actuemos en consecuencia:

— Belén:

Los evangelios de Lucas y Mateo nos presentan el nacimiento de Jesús con una gran belleza plástica y un profundo significado. Jesús nace en una cueva, refugio de animales, porque no hay lugar en el pueblo para José y María.

En Belén nace el Hijo de Dios. En esto se nos muestra la pequeñez de Dios. Su estilo no es la prepotencia de los conquistadores. El estilo de Dios se asemeja más a un niño que a un general. Dios es ternura.

Jesús nació extranjero. Para encontrar a Dios hay que salir fuera, entre los pobres y marginados. La escena del nacimiento de Jesús es de alegría. En la pobreza, en la marginación, en el silencio, en el anonimato, Dios está presente.

En Belén no hay discursos. Aquí los políticos no acuden pues no hay lugar ni al éxito ni al poder. En Belén sólo se encuentra la compañía silenciosa, la alegría profunda de los pobres que saben compartir.

— Nazaret:

Es el lugar del trabajo silencioso y anónimo. Lugar donde se vive la cotidianidad sin que esto trascienda a ninguna otra esfera.

Si comparamos los años de vida oculta de Jesús con los de su vida pública; si comparamos sus tiempos de silencio y anonimato con el tiempo de anuncio público, podemos concluir que la vida de Jesús fue prácticamente la de un hombre callado, desconocido. La vida de un obrero. Pero del interior de este silencio y de este anonimato surgió la relevancia del mensaje transmitido por Jesús.

Nazaret fue la palabra clave que movió a Carlos de Foucauld y a las Fraternidades que a partir de él surgieron. René Voillaume nos indica que:

"Las consecuencias que manan de este período de la vida de Jesús son importantes para nosotros. Jesús es el santo de Dios. Ahora bien, esa santidad se halló realizada dentro de las condiciones de vida más ordinarias, las del trabajo, las de la vida familiar y social en una aldea, y por ahí se encuentra afirmado con fuerza el hecho de que las actividades humanas más oscuras y más corrientes son perfectamente compatibles con la perfección del Hijo de Dios. Jesús, dentro de la sociedad de Israel, no era sacerdote ni rabino: ni tan siquiera siguió a Juan Bautista al desierto. El primer elemento de la espiritualidad de las fraternidades, en armonía con este misterio, consiste precisamente en creer en la posibilidad de una santidad evangélica de hijo de Dios, dentro de la condición ordinaria del hombre pobre, obligado a trabajar para vivir"(R.Voillaume, Por los caminos del mundo (Marova, Madrid 1973) 279

— Galilea:

En Galilea inicia Jesús su actividad pública y llama a sus discípulos. Es aquí donde anuncia la inminencia del Reino, la paternidad de Dios y libera a muchos oprimidos de su angustia.

Galilea es el lugar de la curación eficaz, del anuncio público, de la cooperación de algunos y de la incomprensión de muchos.

— Jerusalén:

En Jerusalén Jesús es condenado grotescamente y ejecutado vergonzosamente.

El Hijo de Dios es maltratado, insultado y crucificado. Jerusalén es el lugar del desconcierto, del fracaso. Pero, a la vez, punto central de la Historia de la Salvación.

El Hijo de Dios crucificado: las personas tratadas como animales. Ésta es la condición de inhumanidad que Dios escoge para librarnos. Dios eleva donde los hombres escupimos.

Cada uno de estos modelos contiene su verdad que se enriquece con la verdad de los otros. Pero hay que señalar que en cada uno de estos modelos, Belén, Nazaret, Galilea y Jerusalén, se encuentra la presencia silenciosa, acompañante y efectiva de María. En su pequeñez habitó el misterio de Dios. El acontecimiento nuclear de la Historia de la Salvación se realiza en una joven de Nazaret, perteneciente a los pobres de Yahvé. Y el plan de Dios no ocurre por casualidad.

María nos enseña la eficacia de la sola presencia, la importancia del silencio que acompaña. No se trata de una presencia que no comunica nada, sino de aquella que la hace exclamar en voz alta: "Mi alma glorifica al Señor" (Lc 1,46).

Los defectos de Jesús, María y José, por María Dolors Gaja, M.N.



Durante muchos años hemos vivido, creo, de un cliché estático de las tres figuras de Nazaret. Aunque parezca sorprendente quizá el que ha escapado más al cliché es Jesús: lo vemos gozoso, lo vemos llorar la muerte de un amigo, enfurecerse con los vendedores del Templo, acariciar niños...

En cambio a María, la Llena de Gracia, la concebimos así, siempre llena, siempre en plenitud. Como si se hubiera quedado en el momento de la Anunciación, ese que podríamos llamar su “momento fundante”. O la vemos en la cruz, dolorosa y fiel. A José lo llamamos – cuando nos acordamos- el varón “justo”. Y ya.

Leí recientemente un artículo que me hizo mucho bien porque desmontaba paso a paso una idea que tenemos muy arraigada: la santidad equivale a perfección. Y parece, decía el autor, que ser santo es algo tan simple como dejar pasar la Luz de Dios a través de tu vida, con la psicología que tengas. De la misma manera que un vino excelente puede beberse en una copa de cristal de bohemia o en una copa comprada en un bazar, Dios se sirve de toda persona para manifestarse. Ha habido santos impacientes, con mal genio, tozudos...ha habido santas que somatizaban sus angustias, hipersensibles o excesivamente temerosas o audaces. Y murieron con esas particularidades, con esos defectos que eran propios de su psicología. Pero fueron santos.

Imaginar que José, María y Jesús no tienen sus fallos humanos, sus “defectos” es negarles, en cierto modo, la posibilidad de ser humanos. Si el verbo de Nazaret es “crecer” y ya desde el principio son “perfectos”...¿no nos estamos alejando de entender radicalmente que Dios se hizo carne? ¿que Dios acepta ser sujeto de perfección, que María y José tienen un camino que andar? Tener defectos es propio de la naturaleza humana y es, también, camino de santidad. Asumir los propios y los ajenos nos hace semejantes a Dios, nos acerca a su corazón misericordioso.

Me impresionó que Rita Levi-Strauss, premio Nobel de medicina, hiciera, hace muchos años, un serio y científico elogio de la imperfección.

Según ella, sólo las especies que nacieron casi perfectas no han evolucionado. El escarabajo de hoy día es un organismo igual al del escarabajo de hace millones de años. En cambio, continua la científica, la persona ha evolucionado muchísimo desde su aparición en la tierra. Porque no era perfecta. Así que, con todos los respetos, como no pienso tratar a la Sagrada Familia como una especie casi perfecta incapaz de evolución he reflexionado sobre sus defectos.

No es incompatible con la concepción inmaculada de María y José el pensar que la Virgen pudiera ser impaciente, que José pudiera estallar a veces y que el Niño Jesús, tres veces santo, pudiera ser tozudo como una mula. ¡Qué poco respeto, dirán algunos! Pero imaginarlos asumiendo también su fragilidad humana me reconcilia con la mía y aleja de mí la tentación, tan frecuente, de calibrar si voy mejorando o no, si supero o no ciertos límites, defectos o debilidades.

Hace muchos años me dijo un sacerdote: moriremos inmaduros. Me pareció una frase bonita. Hoy, cada vez la descubro, la sé más cierta.

Pero lo importante es que aún con defectos, ni José ni María ni Jesús obstruyeron nunca la Luz. Ellos fueron el ventanal por el cual entró Dios a raudales. Y, siguiendo la imagen de ese artículo que tanto me gustó, la Luz puso de relieve sus desconchones humanos. Por algo, y no sólo por temor santo de Dios, habla María de su pequeñez.

Es posible imaginar pues que María pudiera ponerse nerviosa con lo que le costaba a José cobrar un encargo, un trabajo realizado. La vemos enfadada cuando el niño desobedece y se queda en el Templo. Cabe pensar que José se pelearía alguna vez con Dios, que tan complicada carga le había encargado custodiar.

El evangelio dice muy claro que Jesús crecía. Maduraba, vencía defectos y límites. Pulsiones, tendencias y sombras. Dice también que María no entendía y meditaba esas cosas en su corazón. ¿Pediría alguna vez cuentas a Dios?

Lo cierto es que nada de esto está reñido con la santidad. La santidad se acerca al concepto de plenitud; tanto da, decía Teresa de Lisieux, si eres un vaso como un dedal. Los tres son personas plenificadas. Se saben tierra sagrada de Dios y, por lo mismo, se aman y aceptan tal cual son.

Los tres dicen habitualmente, como Jesús en Getsemaní: no mi voluntad sino la tuya. ¡Qué buena noticia pues la de Nazaret!

No tengo que ser un vaso perfecto, una ventana nueva, una tierra sin un pedrusco...Basta que me deje llenar de Dios, que deje pasar su Luz, que me deje sembrar por Él. Que no me pide la perfección sino la santidad.