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Wednesday, August 21, 2013

A VUELTAS CON LOS DEFECTOS DE UNA FAMILIA SANTA, por M. Dolors Gaja, M.N.


Ya en otra ocasión hablé de los defectos de la Sagrada Familia. Me parece que tener defectos es un don que Dios nos ha dado (aunque en términos generales nos empeñemos en considerar que es una humillación) y no estaría bien que la Sagrada Familia no los hubiera disfrutado.

Tener defectos es, además, un regalo especialmente comunitario. Crecemos en comunidad –familiar, religiosa–  y los defectos ajenos son fuente inacabable para crecer en virtudes. También nuestros propios defectos se ponen de relieve en comunidad, ya sea porque alguien nos los señala, ya porque se hacen evidencia en el trato.

Son esos pequeños defectos a los que no solemos prestar mucha importancia: impuntualidad, desorden, tono altanero, tendencia a inhibirse, afán de protagonismo, imprudencia, temeridad, agresividad, murmuración, genio vivo…en fin, toda esa lista de cosas que solemos liquidar con un “yo soy así”.

“Cuánto disgustan a Dios esas faltas que los mediocres llaman poca cosa” dice Manyanet. En “Escuela de Nazaret” San José Manyanet tiene preciosos y serios avisos contra los defectos pequeños y consentidos y afirma rotundamente que son el camino directo a la mediocridad y al letargo del espíritu.

Por eso creo que la Sagrada Familia fue una comunidad en la que también hubo que limar asperezas, corregir defectos temperamentales, aguantar con paciencia los ajenos. En esa familia fueron todos una enseñanza para el otro y también un ejercicio de las propias virtudes.

Recuerdo que, cuando niña, con frecuencia me ponía nerviosa mi madre. Y ella, que lo notaba, me exigía paciencia con sus defectos –pues aceptaba que los tenía y no pedía que por ser madre y quererme mucho yo se lo encontrara todo bien– diciéndome que los aprovechara para hacerme santa. Lo decía de manera sencilla, con un refrán catalán: “si sant vols ser, algú te’n ha de fer” (“si santo quieres ser, alguien te tiene que hacer” …sería una traducción aproximada) aunque luego añadía con sorna: ¡y qué mayor gozo para una madre que hacer santa a su hija!. Ya mayor esa frase de mi madre sigue muy presente en mi vida.

Me sorprende a veces que sigamos aferrados a una imagen hierática de las Sagrada Familia. Son, en la devoción popular, personajes planos: santos al principio, santos al final. En nuestra mente no evolucionan, no se superan, no crecen. ¡Y el verbo que define lo que Jesús hacía en Nazaret es “crecer”! Este hieratismo hace que estos personajes no tengan nada emocionante que ofrecernos salvo lo que les ocurre desde el exterior: buscar posada y no encontrarla, la persecución de Herodes, la vuelta a Nazaret…

Yo me imagino que lo apasionante de los Tres de Nazaret es la aventura interior que vivieron personal y familiarmente con Dios. Esa aventura los tuvo que cambiar radical y continuamente en su generoso afán por empujar la venida del Reino. Y eso, precisamente eso, es lo que más nos cuesta aceptar, prefiriendo muchas veces los clichés.

De todos ellos quizá el que más me molesta es el que afecta a Jesús y que lo convierte en un niño dócil, obediente, sumiso…encantador… pero casi tonto. Porque los niños no son así y si por casualidad nos encontramos con alguno así, los educadores nos preocupamos.

Por eso me ha encantado encontrar un cuadro en el que María da, literalmente, una paliza al niño. Que es hijo de Dios, sí, pero también suyo. ¿Qué habría hecho Jesús? Quizá, curioso, llevaba varias veces acercándose a ese borde de precipicio en el que corría peligro de caerse y sobre el que tantas veces había sido advertido: no te acerques. Pero los niños nunca ven el peligro y Jesús fue niño-niño de verdad. ¿Qué haría? Cualquier cosa que enfadó a  María, seguro. Me hace sonreír que mientras la Virgen mantiene su corona, la del Niño haya rodado por los suelos. Eso me lo humaniza, me lo acerca. Es, simplemente, un niño en apuros.

El cuadro, de Ernst Max, causó revuelo en 1926 y fue censurado. Presentaba una Virgen demasiado "humana" aunque hoy molesta más que pegue al niño, que lo castigue físicamente. De hecho, he realizado un pequeño experimento y lo he puesto en un pasillo del colegio. Junto a otros que presentan a la Virgen en actitud orante o bordando inacabables labores. Todos los comentarios, de profesores y alumnos, han sido negativos: “No me la imagino para nada así”, “No me gusta, la Virgen no debía perder la paciencia como cualquier madre”, “seguro que el Niño Jesús no hacía trastadas” o “yo lo veo como una falta de respeto”.

A mí en cambio me habla de humanidad en perfección. Me habla de corregir  y aprender. No estoy a favor de las azotainas pero me habla de una familia normal donde la madre se enfada y pierde la paciencia con los defectos del hijo, tantas veces avisado.

Aprovechemos nuestros defectos y los ajenos. Los nuestros nos acercan más a Dios, porque nos hacen humildes. Los ajenos pueden alcanzarnos la santidad.

Tuesday, July 10, 2012

Carlos de Foucauld en la espiritualidad de Nazaret, por José L. Vázquez Borau


La espiritualidad nazarena nos invita a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones comunes de la vida como Él, que vivió plenamente la relación filial con el Padre, viviendo en el seno de una familia, ejerciendo un oficio, morando en una aldea y caminando por las veredas de Palestina.

La espiritualidad de Nazaret es una llamada a vivir el amor apasionado por la persona de Jesús en las situaciones más ordinarias de la vida, a ejemplo del mismo Jesús, que no se evadió de la servidumbre de las relaciones humanas...

Esta espiritualidad de Nazaret se puede vivir en cualquier situación, en la vida religiosa y en la vida de familia, en el sacerdocio y en el laicado, solo o haciendo vida en común. No es una espiritualidad del desierto ni eremítica. Es, por el contrario, una espiritualidad de relación.

"El misterio de Nazaret manifiesta, más que ningún otro, la total integridad y verdad de la naturaleza humana de Jesús. Este misterio supone que Jesús apareció entre los suyos, hombre como los demás, sin manifestar en nada, durante los años de su juventud, su cualidad de Mesías. La vida de Nazaret es en resumidas cuentas el misterio de una ausencia de misterio en la vida humana y social de Jesús". (René Voillaume, citado por José Luis Vazquez Borau en "Carlos de Foucauld, y la espiritualidad de Nazaret)

Vivir la espiritualidad de Nazaret, vivir en comunión con la Iglesia, quiere decir ser fermento en la mesa. En palabras del obispo Pedro Casaldaliga significa: "optar por una cultura de la solidaridad y optar por los empobrecidos y sus causas; potenciar el ecumenismo; asumir los desafíos de la modernidad y contribuir con la especificidad del cristianismo a humanizar; apostar por la democratización de la vida y también de la Iglesia" (Vida Nueva, n. 1193 (Madrid 1994)

Pero, además, hemos de trabajar para que la Iglesia vuelva a Nazaret. Es esencial recordar que Jesús de Nazaret no estableció una religión más, sino que nos ofreció vivir una relación con Él.

Nazaret no es un período superado por la vida pública de Jesús. Es la buena noticia del Dios hecho hombre. Dicho de otro modo, la predicación del Reino sólo se puede entender en el contexto de Nazaret: Las Bienaventuranzas y el Mandamiento del Amor constituyen el programa de Nazaret.

La Iglesia debe volver a Nazaret si quiere la alegría de Dios cercano. Nazaret es la raíz de la Fraternidad en la Iglesia y en el Mundo, desmoronando toda organización de verticalidad y sometimiento. Decir Nazaret es decir Iglesia hecha con el Pueblo y para el Pueblo.

Decir Nazaret equivale a dar valor a lo cotidiano, a lo pequeño, a lo simple. Significa saber descubrir el valor redentor de una vida sencilla de personas del pueblo, con sus penas, trabajos y alegrías sencillas.

Jesús de Nazaret vivió como un hombre trabajador de su pueblo la mayor parte de su vida, y, después, en el desierto o durante su vida pública, no dejó de ser nunca un pobre del pueblo de Yahvé, como su familia y amigos. Ser contemplativos en lo cotidiano y normal de la vida, para realizar la Voluntad de Dios.


CHARLES DE FOUCOULD, tiene siete puntos acerca de la "IMITACIÓN DE NUESTRO MUY AMADO SEÑOR JESÚS.

En el Séptimo, escribe de la ·EVANGELIZACIÓN LIBERADORA DE Nazaret, Y DICE:

"Quien desee vivir según la espiritualidad de Nazaret tendrá que ser consciente de que ésta es la base de se existencia, ya esté en el desierto o en la misión apostólica. Es decir, no puede haber apostolado sin Nazaret ni desierto sin Nazaret, ni Nazaret sin desierto y apostolado".

Y recurre a los Evangelios para ver qué nos enseñan del modo de actuar de Dios, para que estos cuatro modelos que vamos a ,meditar inspiren nuestros pasos y actuemos en consecuencia:

— Belén:

Los evangelios de Lucas y Mateo nos presentan el nacimiento de Jesús con una gran belleza plástica y un profundo significado. Jesús nace en una cueva, refugio de animales, porque no hay lugar en el pueblo para José y María.

En Belén nace el Hijo de Dios. En esto se nos muestra la pequeñez de Dios. Su estilo no es la prepotencia de los conquistadores. El estilo de Dios se asemeja más a un niño que a un general. Dios es ternura.

Jesús nació extranjero. Para encontrar a Dios hay que salir fuera, entre los pobres y marginados. La escena del nacimiento de Jesús es de alegría. En la pobreza, en la marginación, en el silencio, en el anonimato, Dios está presente.

En Belén no hay discursos. Aquí los políticos no acuden pues no hay lugar ni al éxito ni al poder. En Belén sólo se encuentra la compañía silenciosa, la alegría profunda de los pobres que saben compartir.

— Nazaret:

Es el lugar del trabajo silencioso y anónimo. Lugar donde se vive la cotidianidad sin que esto trascienda a ninguna otra esfera.

Si comparamos los años de vida oculta de Jesús con los de su vida pública; si comparamos sus tiempos de silencio y anonimato con el tiempo de anuncio público, podemos concluir que la vida de Jesús fue prácticamente la de un hombre callado, desconocido. La vida de un obrero. Pero del interior de este silencio y de este anonimato surgió la relevancia del mensaje transmitido por Jesús.

Nazaret fue la palabra clave que movió a Carlos de Foucauld y a las Fraternidades que a partir de él surgieron. René Voillaume nos indica que:

"Las consecuencias que manan de este período de la vida de Jesús son importantes para nosotros. Jesús es el santo de Dios. Ahora bien, esa santidad se halló realizada dentro de las condiciones de vida más ordinarias, las del trabajo, las de la vida familiar y social en una aldea, y por ahí se encuentra afirmado con fuerza el hecho de que las actividades humanas más oscuras y más corrientes son perfectamente compatibles con la perfección del Hijo de Dios. Jesús, dentro de la sociedad de Israel, no era sacerdote ni rabino: ni tan siquiera siguió a Juan Bautista al desierto. El primer elemento de la espiritualidad de las fraternidades, en armonía con este misterio, consiste precisamente en creer en la posibilidad de una santidad evangélica de hijo de Dios, dentro de la condición ordinaria del hombre pobre, obligado a trabajar para vivir"(R.Voillaume, Por los caminos del mundo (Marova, Madrid 1973) 279

— Galilea:

En Galilea inicia Jesús su actividad pública y llama a sus discípulos. Es aquí donde anuncia la inminencia del Reino, la paternidad de Dios y libera a muchos oprimidos de su angustia.

Galilea es el lugar de la curación eficaz, del anuncio público, de la cooperación de algunos y de la incomprensión de muchos.

— Jerusalén:

En Jerusalén Jesús es condenado grotescamente y ejecutado vergonzosamente.

El Hijo de Dios es maltratado, insultado y crucificado. Jerusalén es el lugar del desconcierto, del fracaso. Pero, a la vez, punto central de la Historia de la Salvación.

El Hijo de Dios crucificado: las personas tratadas como animales. Ésta es la condición de inhumanidad que Dios escoge para librarnos. Dios eleva donde los hombres escupimos.

Cada uno de estos modelos contiene su verdad que se enriquece con la verdad de los otros. Pero hay que señalar que en cada uno de estos modelos, Belén, Nazaret, Galilea y Jerusalén, se encuentra la presencia silenciosa, acompañante y efectiva de María. En su pequeñez habitó el misterio de Dios. El acontecimiento nuclear de la Historia de la Salvación se realiza en una joven de Nazaret, perteneciente a los pobres de Yahvé. Y el plan de Dios no ocurre por casualidad.

María nos enseña la eficacia de la sola presencia, la importancia del silencio que acompaña. No se trata de una presencia que no comunica nada, sino de aquella que la hace exclamar en voz alta: "Mi alma glorifica al Señor" (Lc 1,46).

Nazaret, vino de salvación, por María Dolors Gaja, M.N.
















A lo largo de todo el Antiguo Testamento encontramos textos preciosos en los que se nos dice que Israel es la Viña del Señor. Los profetas se sirven de la imagen para echar en cara al pueblo de Dios haber defraudado a su Señor. Isaias entona un terrible lamento:

“Mi amigo tenía una viña en una fértil colina.
La cavó, la despedregó, plantó cepas selectas,
levantó en medio una torre y excavó también un lagar.
Esperaba que diera uvas pero dio agrazones”
(Is 5,1-2)

La antigua viña, el viñedo amado y cuidado por Yavhé ha resultado su gran decepción. El vino que le ofrecían los israelitas en sus libaciones cultuales (Gn 35,14) ha resultado vino aguado cuando estaba llamado a ser vino selecto ( Is 1,22).

Por eso Dios buscó odres nuevos que contuvieran el vino nuevo que estaba por llegar. Porque Dios es aquel que nunca se rinde y que en su segundo intento siempre logra el nuevo y definitivo fruto.

María será el viñedo, la parra fecunda que, plantada en la tierra de José, tierra de Dios, dará al mundo el vino que éste necesita.

La Sagrada Familia es la Nueva Viña, la cepa selecta que responde a los cuidados amorosos del Padre, el amo de la Viña. José y María serán torre y lagar de un nuevo cántico, de una nueva historia que forja la personalidad humana de Jesús, Vino de Salvación y Redención.

Dice un místico sufí que “las religiones son la copa donde se escancia el vino de la divinidad”. Dios se escanció, se derramó en libación en Nazaret. Es Él quien se ofrece para que la humanidad sea un banquete de fiesta. María y José son copa preciosa que recibe la mejor cosecha del Padre.

Ciertamente, cuando uno bebe un buen vino pocas veces repara en la copa que lo contiene. Del mismo modo, a lo largo de los siglos, poco hemos reparado en José y María como familia que contiene al mismo Dios. Siguiendo el símil de la copa María sería la parte superior de ésta: ella recibe y da forma – gesta- al Vino de Dios, ella lo retiene y permite así que la humanidad beba.

José, en cambio, es el pie de la copa pues él da a María la estabilidad necesaria para formar el hogar que el Vino de la Nueva Alianza precisa. Por otra parte, solemos coger la copa por su pie y José, con su larga genealogía, enraiza a Jesús en la humanidad, una humanidad que sostiene la copa y, aunque sus ojos vayan directamente al vino e incluso a la parte superior de la copa, sabe que Jesús es uno de los nuestros, nacido de mujer en una familia con antepasados ilustres y antepasados ignominiosos.

Desde que Dios vino al mundo en la viña de Nazaret, la fiesta se celebra y estamos a ella invitados. No nos cansaremos de decir que la espiritualidad de Nazaret no es una “devoción” más sino algo consustancial a nuestra fe. Podemos saberlo o no, sentirlo o no pero lo cierto es que en medio de tanto dolor y tanta injusticia ya está puesta la mesa del banquete y la copa rebosa. Sólo en la medida en que bebamos el Vino de Salvación el mundo será reparado.

Porque el vino se usa también para sanar heridas. Así nos lo narra la parábola del buen samaritano (Lc10,34). Los santos Padres han visto en ese hombre que baja de Jerusalén y es malherido a la humanidad, representada en Adán, que baja del Paraíso y es profundamente dañada. Jesús, cual buen samaritano se acerca a nosotros para sanar nuestras heridas con vino, con Él mismo. Y nos lleva a la posada, que es la Iglesia, donde le aguardamos hasta que vuelva. Los denarios administrados para nuestra sanación son los sacramentos que la Iglesia administra.

Jesús habló con frecuencia del vino. Tiene numerosas parábolas sobre viñas y viñadores e incluso recrea el texto de Isaias. De hecho su primer signo fue convertr el agua en vino bajo la solícita presencia de María. Muchas veces he oído comentar este milagro como signo de la gratuidad de Dios porque, para algunos, es un milagro casi “innecesario”. Parece que no tiene el mismo rango que curar a un ciego o a un paralítico. Dios es así, dicen algunos, sencillamente no quería que una pareja quedara mal en la fiesta de su boda. Es pues, un “detalle” de Jesús.

Creo que no. Me parece uno de los milagros clave o, quizá, el milagro clave. Por algo Juan, el Águila, lo pone en el frontispicio de la vida de Jesús. La presencia de Jesús convierte el agua de la humanidad en vino de divinidad. Ese es el milagro. La Alianza, la boda entre un agua que al entrar en contacto con el Vino no consigue aguarlo sino que, al contrario, se diviniza, es convertida en vino.

Cuando Jesús se sentó a la mesa en la última cena tomó una copa de vino. Y la convirtió en emblema de la Nueva Alianza. Como nuevo Melquisedec (Gn 14,18) ofreció pan y vino y creó un nuevo pueblo, una nueva familia que bebe el cáliz de Salvación cada domingo. Jesús moriría fuera de la Viña (Mt 21,39) después de probar vino y hiel y rechazarlo (Mt 27,34) porque ya el Antiguo Testamento había caducado. Y según sus palabras el Reino del Padre será un banquete en el que beberemos todos un vino nuevo que Él también espera beber.

Mientras llega ese día, acerquémonos a Nazaret para permanecer en Él, que es la Vid verdadera. Porque sin Él nada podemos (Jn 15, 1-8).

Los defectos de Jesús, María y José, por María Dolors Gaja, M.N.



Durante muchos años hemos vivido, creo, de un cliché estático de las tres figuras de Nazaret. Aunque parezca sorprendente quizá el que ha escapado más al cliché es Jesús: lo vemos gozoso, lo vemos llorar la muerte de un amigo, enfurecerse con los vendedores del Templo, acariciar niños...

En cambio a María, la Llena de Gracia, la concebimos así, siempre llena, siempre en plenitud. Como si se hubiera quedado en el momento de la Anunciación, ese que podríamos llamar su “momento fundante”. O la vemos en la cruz, dolorosa y fiel. A José lo llamamos – cuando nos acordamos- el varón “justo”. Y ya.

Leí recientemente un artículo que me hizo mucho bien porque desmontaba paso a paso una idea que tenemos muy arraigada: la santidad equivale a perfección. Y parece, decía el autor, que ser santo es algo tan simple como dejar pasar la Luz de Dios a través de tu vida, con la psicología que tengas. De la misma manera que un vino excelente puede beberse en una copa de cristal de bohemia o en una copa comprada en un bazar, Dios se sirve de toda persona para manifestarse. Ha habido santos impacientes, con mal genio, tozudos...ha habido santas que somatizaban sus angustias, hipersensibles o excesivamente temerosas o audaces. Y murieron con esas particularidades, con esos defectos que eran propios de su psicología. Pero fueron santos.

Imaginar que José, María y Jesús no tienen sus fallos humanos, sus “defectos” es negarles, en cierto modo, la posibilidad de ser humanos. Si el verbo de Nazaret es “crecer” y ya desde el principio son “perfectos”...¿no nos estamos alejando de entender radicalmente que Dios se hizo carne? ¿que Dios acepta ser sujeto de perfección, que María y José tienen un camino que andar? Tener defectos es propio de la naturaleza humana y es, también, camino de santidad. Asumir los propios y los ajenos nos hace semejantes a Dios, nos acerca a su corazón misericordioso.

Me impresionó que Rita Levi-Strauss, premio Nobel de medicina, hiciera, hace muchos años, un serio y científico elogio de la imperfección.

Según ella, sólo las especies que nacieron casi perfectas no han evolucionado. El escarabajo de hoy día es un organismo igual al del escarabajo de hace millones de años. En cambio, continua la científica, la persona ha evolucionado muchísimo desde su aparición en la tierra. Porque no era perfecta. Así que, con todos los respetos, como no pienso tratar a la Sagrada Familia como una especie casi perfecta incapaz de evolución he reflexionado sobre sus defectos.

No es incompatible con la concepción inmaculada de María y José el pensar que la Virgen pudiera ser impaciente, que José pudiera estallar a veces y que el Niño Jesús, tres veces santo, pudiera ser tozudo como una mula. ¡Qué poco respeto, dirán algunos! Pero imaginarlos asumiendo también su fragilidad humana me reconcilia con la mía y aleja de mí la tentación, tan frecuente, de calibrar si voy mejorando o no, si supero o no ciertos límites, defectos o debilidades.

Hace muchos años me dijo un sacerdote: moriremos inmaduros. Me pareció una frase bonita. Hoy, cada vez la descubro, la sé más cierta.

Pero lo importante es que aún con defectos, ni José ni María ni Jesús obstruyeron nunca la Luz. Ellos fueron el ventanal por el cual entró Dios a raudales. Y, siguiendo la imagen de ese artículo que tanto me gustó, la Luz puso de relieve sus desconchones humanos. Por algo, y no sólo por temor santo de Dios, habla María de su pequeñez.

Es posible imaginar pues que María pudiera ponerse nerviosa con lo que le costaba a José cobrar un encargo, un trabajo realizado. La vemos enfadada cuando el niño desobedece y se queda en el Templo. Cabe pensar que José se pelearía alguna vez con Dios, que tan complicada carga le había encargado custodiar.

El evangelio dice muy claro que Jesús crecía. Maduraba, vencía defectos y límites. Pulsiones, tendencias y sombras. Dice también que María no entendía y meditaba esas cosas en su corazón. ¿Pediría alguna vez cuentas a Dios?

Lo cierto es que nada de esto está reñido con la santidad. La santidad se acerca al concepto de plenitud; tanto da, decía Teresa de Lisieux, si eres un vaso como un dedal. Los tres son personas plenificadas. Se saben tierra sagrada de Dios y, por lo mismo, se aman y aceptan tal cual son.

Los tres dicen habitualmente, como Jesús en Getsemaní: no mi voluntad sino la tuya. ¡Qué buena noticia pues la de Nazaret!

No tengo que ser un vaso perfecto, una ventana nueva, una tierra sin un pedrusco...Basta que me deje llenar de Dios, que deje pasar su Luz, que me deje sembrar por Él. Que no me pide la perfección sino la santidad.

Monday, July 9, 2012

Nazaret, espiritualidad de los acontecimientos, por María Dolors Gaja, M.N.


Vivir en Nazaret supone tener la audacia de asumir todas las preguntas que la persona se plantea buscando en los signos de los tiempos, en el día a día, en la rutina cotidiana, esa sinfonia maravillosa que es ver el mundo bajo la mano amorosa de Dios.

Vivir escrutando el cielo, masticando cada acontecimiento, dejándolo reposar en el corazón – como María- aceptando con naturalidad que se nos resista su significado sin por ello dejar de creer que tiene profunda significación cualquier tilde de nuestra vida.

Tener todas las preguntas y abandonar el ansia y la inquietud por las respuestas, creyendo que Él saldrá por algún lado para hacernos ver con claridad aquello que, para nuestro torpe corazón y nuestra mirada tantas veces opaca, permanece oculto en lo secreto.

Vivir en Nazaret supone creer que el ritmo de Dios no se detiene, que Él actúa siempre y que, no sabemos cómo, mil gracias derramando, pasa por mi pequeña tarea, mi dolor de cabeza, mi rabieta o malhumor, mi gozo y mi pena, dejándolos transfigurados, vestidos de hermosura.

Las preguntas que se haría María, las que se hizo José fueron, abandonadas en Dios, anclas que los amarró al cielo. Con frecuencia puede que no entiendas porqué ocurre esa desgracia, qué quiere decir esa inquietud que sientes en la oración, adónde te lleva ese nuevo compromiso, cómo acabará esa misión que has comenzado, de qué manera vas a soportar tanto dolor...esas son las preguntas que lanzadas al cielo pueden anclar tu corazón en Dios. ¿O acaso no te has fijado que el interrogante tiene forma de anzuelo? “Enganchados” a su corazón Infinito conoceremos no la respuesta que buscamos sino su Grandeza. Y conoceremos también que, pese a todo, nuestra pequeñez es esa lámpara que la Luz necesita para brillar en casa.

Vivir en Nazaret te anima a orientarte, como los marinos, como los antiguos peregrinos, mirando las estrellas. La de Nazaret es una espiritualidad sideral, una espiritualidad que te hace mirar la tenue luz de las estrellas para saber dónde poner el paso siguiente. Nada más. Paradójicamente este escrutar al cielo no nos asegura la Luz pero sí la voz de Dios diciendonos constantemente: no tengas miedo, yo estoy contigo.

Vivir en Nazaret es aceptar vivir como la mayoría o la casi totalidad de los humanos: en el anonimato y en la noche. Pero desde una fe y una confianza tan profunda en la misericordia de Dios, en que todo lo encamina al Bien, que la noche se hace transparente. Es noche que no interrumpe su historia con nosotros. Porque de noche sucedieron las grandes claves históricas de la Salvación: una noche nace Aquel que es Luz del mundo y una noche, más clara que el día, lo ve resucitar. En la noche pues, pero como centinelas. En la noche, pero como vírgenes que sostienen su débil lámpara. Una lámpara que no las ilumina a ellas sino que señala el camino al Esposo...

Nazaret es intemperie. No hay mañana seguro pero es el futuro. Es maná agradecido, jamás despensa. Es provisionalidad y abandono, libertad y pobreza.Nada hay seguro en Nazaret salvo la Providencia de Dios. Nada puede darse por sentado ni por sabido porque Él puede ampliar la tienda que lo aloja – el corazón- o sacarte de la tierra para llevarte a una que sólo Él ve. Mas para quien ama la humanidad de Dios, para quien ama Nazaret, una oficina, una cocina, una cama o silla de ruedas, puede ser su Nazaret. Basta con aprender a leer los signos pobres, con azuzar el espíritu y no dejar que se aletargue, con ir soltando amarras para anclarse más en Dios.

Nazaret no es un camino hecho, es una senda que mis pasos deben abrir cada día. Nadie va a Dios por el mismo camino que otro ha ido, dice el poeta.

Asumir Nazaret es, en definitiva, asumir un Dios extraño. Un Dios que no hace ostentación, que no ama ni busca las manifestaciones incuestionables. Tampoco es un Dios que se esconda, como quien juega. Somos nosotros que, teniéndole delante no le vemos. No sabemos entenderle, no sabemos escucharlo.

Por eso, Nazaret es la escuela de toda la humanidad, de toda la Iglesia. ¡El mismo Jesús aprendió en Nazaret a descubrir la Voluntad de Dios sobre Él!

Vayamos pues a Nazaret. Porque es en los acontecimientos, en la vida cotidiana, que Dios sigue obrando en mí. Es en todo lo que sucede y me sucede que yo puedo crecer – como Jesús- en sabiduría y gracia.

A nosotros nos ha sido dado conocer los designios secretos del Reino (Mt 13,11). ¿Por qué pues, somos capaces de interpretar el aspecto del cielo y no sabemos leer los signos de los tiempos? (Mt 16,3)

Que Jesús, María y José sean nuestros maestros.

Nazaret, espejo de lo invisible, por María Dolors Gaja, M.N.


De pequeña circulaban por mi casa unos tebeos llamados “Vidas ejemplares”. Podían ser de un inventor, un explorador o un santo y me hicieron un gran bien. Recuerdo perfectamente las viñetas de la vida de Thomas Edison y siempre me ha acompañado la escena en que, siendo él pequeño, su madre enfermó de gravedad y el médico decidió practicarle una intervención en el mismo hogar. Pero no se decidía porque no había luz suficiente.

El pequeño Thomas, viendo que su madre corría peligro, salió de su casa y rompió los cristales de una sastrería cercana de la cual sustrajo dos grandes espejos que colocó al lado de la cama de su madre para luego buscar todos los quinqués posibles. La luz aumentó al reflejarse y el médico, deshaciéndose en alabanzas del niño, pudo sanar a la madre.

La Luz es el misterio inefable que todo lo envuelve y a todo da vida. Ella da identidad, hermosea y transfigura sin destruir nada. Jesús se definió a sí mismo como Luz del mundo (Jn 8,12). Pero esa Luz nació en un hogar que reflejaba “como en un espejo, la Gloria del Señor” (2 Co 3,18). Nos parezca o no posible, Jesús creció en Nazaret y al crecer, creció y se expandió la fuerza de su Luz. Y esa es nuestra vocación: ser espejo de la Luz.

Nazaret supone vivir en clave de Magnificat y al cantar el Magnificat, María afirma con rotundidad que su alma engrandece a Dios. ¿Podemos engrandecer a Dios que es el Creador de todo? ¿Puedo yo, criatura, hacer más grande a mi Creador? José y María así lo hicieron. Sus corazones fueron tan límpidos y transparentes que reflejaron la Luz de Dios y la multiplicaron ante nuestros ojos, poco avezados a ver al Invisible. Dios se proyectó sobre Nazaret, sobre esa pareja originaria de una Nueva Creación y recreó la faz de la tierra.

Tengo para mí que el dogma de la concepción inmaculada de María y de José ( el de José no es aún dogma pero sí verdad sencilla en la que muchos ya creemos. Porque si Dios se escogió una madre sin pecado, ¿iba a escoger un padre pecador? Sólo es posible responder afirmativamente a eso si creemos que la maternidad física de María es lo más importante. Algo que Jesús mismo desmiente cuando elogian a su madre y Él reconduce el elogio para incluir a José: Felices lo que escuchan y creen... tiene mucho que ver con ese reflejar y multiplicar la Luz.

El alma rota por el pecado es como un espejo que se hace añicos: refleja fragmentos de Luz, fragmentos de Dios. Cada vez que pecamos “empequeñecemos a Dios” porque nos rompemos y así rompemos la imagen del Dios Invisible que es Luz y Amor. Dios no se empequeñece, lo que se empequeñece es la imagen que de Él transmitimos. José y María no hacen “más grande a Dios” pero al vivir la unicidad de corazón, al ser un magnífico espejo sin fisura alguna, al ser grandes ellos, reflejaron como nadie la Luz de Dios que, desde Nazaret, sigue llegando a nosotros. Porque el Misterio de Nazaret es como el nacimiento de una nueva estrella cuya luz nos va llegando millones de años después de nacer.

No obstante, Nazaret es tan solo preludio del cielo. “Ahora vemos como en un espejo, después veremos cara a cara...y conoceremos todo tal como Dios nos conoce” (1Co 13,12) Si Jesús es Imagen del Dios invisible, ser de Nazaret significa ser Imagen del Cristo. Para ello es preciso “despojarse de las obras de las tinieblas y revestirnos de la armadura de la Luz” ( Rm13,12).

Ser de Nazaret significa engendrar cada día a Dios y eso sólo es posible si vivimos en el Espíritu. Porque si el Espíritu hizo brotar la vida en un seno virginal y en las entrañas estériles de Isabel puede sin duda reunificarnos por dentro. Para Dios nada hay imposible, basta que dejemos nuestros fragmentos rotos en sus manos y le pidamos que sople su hálito divino, el único que nos devolverá la unidad que rompe el pecado.

Dios viene a nosotros por caminos distintos de los que nosotros frecuentamos para “alcanzarle”. La humildad y el abandono son sus senderos preferidos. Senderos propios de Nazaret desde que José y María los frecuentaron y desbrozaron para nosotros.

http://www.vivirennazaret.blogspot.com/

La nueva evangelización y la espiritualidad de la Sagrada Familia, por Julio González, S.F.


Espìritualidad encarnada,
histórica y de comunión

La espiritualidad de la Sagrada Familia se nos muestra a través de los miembros de una familia o comunidad de fe. Se trata de una espiritualidad encarnada, histórica y de comunión, es decir, basada en el testimonio antes que en la doctrina, en la experiencia antes que en la idea, en el misterio antes que en el silencio. La espiritualidad de la Sagrada Familia forma parte de lo que se ha llamado “nueva evangelización”.

Palabras como “espiritualidad encarnada” o “nueva evangelización”, son explicadas en los libros y en conferencias, sin embargo, la sabiduría que estas palabras comunican no puede ser comunicada solamente a través de manuales y lecturas; más bien se trata de una espiritualidad basada en la contemplación y el testimonio, la palabra y el gesto.

La nueva evangelización no es una doctrina, sino una nueva manera de “sentir” y ser miembro de la iglesia, de relacionarnos, de celebrar nuestra fe y orar. La nueva evangelización no se produce cambiando solo los libros de texto.

La fe pone en marcha el proceso de conversión alterando nuestros esquemas, prejuicios y seguridades. La gente que nos conoce percibe que algo está cambiando en nosotros porque el modo como nos ven y el modo como los vemos no es el mismo. Más tarde reflexionamos estas vivencias, pero una fe que no se ha sentido en el desierto, la oración, la mortificación, el conflicto, la duda, la promesa... es una fe formada de ideas en vez de experiencias.

La fe desafía nuestras ideas

La nueva evangelización retoma el sentido bíblico de fe, la cual no nace como una “idea” sino como una “experiencia” que a menudo contradice y desafía nuestras ideas.

La espiritualidad de la Sagrada Familia es un ejemplo de espiritualidad encarnada, de ahí que la:

a) experimentamos a través de nuestros sentidos, emociones, alegrías y tristezas
b) vivimos y celebramos en familia (iglesia doméstica)
c) compartimos y ofrecemos en comunidad (iglesia local)
d) reflexionamos y meditamos con la guía del evangelio y la tradición de la Iglesia (iglesia universal).

La fe: encuentro con una persona y una familia

La nueva evangelización retoma la experiencia de fe aquellos hombres y mujeres cuyas vidas fueron transformadas por el encuentro con una persona que los llamaba a ser familia, comunidad, pueblo...

Cuando vivimos nuestra fe como una llamada a la comunión de vida, oración y trabajo con nuestros hermanos/as, nuestra espiritualidad nazarena es profética, sacrificial, redentora y novedosa, sin embargo, cuando nuestros intereses nos alejan de la familia o comunidad a la cual pertenecemos, entonces, nuestra espiritualidad nazarena se deteriora hasta el punto de hacerse irreconocible e inútil para los planes de Dios.

La espiritualidad nazarena no es una ideología que limita nuestra experiencia de Dios a unas explicaciones o doctrinas. Se trata de una espiritualidad siempre en gestación y, por tanto, siempre trayendo nueva vida al pueblo de Dios.

Fe y espiritualidad

La fe cristiana no nace de nuestros deseos, expectativas y planes, sino del deseo y los planes de Dios. La fe la hemos recibido de Dios, pero nuestra manera de expresarla y celebrarla se concreta en el testimonio personal, dando origen a una espiritualidad.

ESPIRITUALIDAD/ Una familia para las familias, por Julio González, S.F.



























En la familia de Nazaret encontramos el modelo de hombre y de padre (José), el modelo de mujer y de madre (María), el modelo de hijo y de persona (Jesús). Son diferentes modos de realizarse como persona en comunión con los demás, sin excluir a nadie, ya que que la harmonía vivida en la Casa de Nazaret no depende de los roles que tienen sus miembros sino del amor incondicional que los ha unido. Este amor es no solo humano en su expresión sino también divino en su misterio y universalidad.

La vida y el testimonio de la Sagrada Familia se propone a todos, sin excepción. Por eso, la Sagrada Familia no es modelo solamente para unas familias sino para toda la Iglesia (familia de familias).

Tradicionalmente, se ha propuesto a la Sagrada Familia como modelo de comunidad religiosa: Jesús, María y José, aceptan el plan de Dios y lo realizan siendo obedientes, castos y pobres. Sin embargo, la Sagrada Familia no puede ser reducida a ser solamente el modelo de la vida religiosa consagrada.

Dios se hace presente en el hogar de Jesús, María y José, para que todas las familias puedan sentir y reconocer la cercanía de Dios. De ahí, que la Iglesia propone la espiritualidad de la Sagrada Familia como respuesta a los interrogantes, temores, desafíos, tristezas, gozos y esperanzas de las familias de hoy.